He aquí algo que escribió Adam Smith en el libro quinto de la Riqueza de las Naciones (publicado en 1776), y que, como tantas cosas de ese gran libro, es de aplicación igualmente en aquel tiempo y en la actualidad:
‘Se extiende más y más en Inglaterra la costumbre de enviar a los jóvenes a viajar por paises extranjeros nada más acabar el colegio. Se dice que nuestros jóvenes suelen regresar de sus viajes muy mejorados. Un joven que se marcha al extranjero a los diecisiete o dieciocho años y que vuelve a casa a los veintiuno, lo hace con tres o cuatro años más a sus espaldas y en una etapa en la que es muy difícil dejar de mejorar mucho en tres o cuatro años. En sus viajes habitualmente adquiere algún conocimiento de una o dos lenguas extranjeras, aunque un conocimiento que rara vez es suficiente para permitirle hablarlas o escribirlas correctamente. Por lo demás normalmente vuelve a casa más engreído, menos escrupuloso, más libertino y menos capaz de dedicarse seriamente al estudio o al trabajo de lo que lo estaría si hubiese pasado ese periodo breve en su país. Al viajar tan joven, al despilfarrar en la disipación más frívola los años más preciosos de su vida, lejos de la vigilancia y el control de sus padres y familiares, en lugar de consolidar y confirmar cualquier costumbre útil que su educación anterior haya podido suscitar en él, necesariamente la debilita y la liquida. Sólo el descrédito en que están sumiéndose las universidades pudo popularizar una práctica tan absurda como la de viajar a una edad tan temprana. Al enviar a un hijo al extranjero, un padre se libera al menos de algo tan desagradable como que un hijo holgazanee, sea desatendido y se arruine ante sus propios ojos.’